30 abril 2008

La sexta parte: La Paranoia de Rafael Spregelburd

Vamos a empezar por hacer una aclaración: adoro a Spregelburd. Para que no anden sacando conclusiones perspicaces. Adoro su inteligencia, sus tés exóticos, su hospitalidad y, sobre todo, su teatro. Sobre todo. Entenderán que lo que sigue dista de ser imparcial, pero quién va a jactarse de imparcialidad en estos tiempos posmodernos. Yo no, al menos.

Resulta que, después de un año 2007 que no le salió todo lo derecho que esperaba, Spregelburd y su grupo El Patrón Vázquez pudieron estrenar La Paranoia, sexta parte de la Heptalogía de Hyeronimus Bosch. Fue en un teatro que recuperaron los vecinos de Villa Urquiza y que debe ser ahora uno de los mejor equipados de Buenos Aires: el 25 de Mayo. La vuelta a las tablas de la saga de Spregelburd no defraudó a sus seguidores. Este muchacho nos tiene muy mal acostumbrados y el día que se le ocurra poner una obra normalita, con su clásica hora de duración y con actores que hacen un personaje por vez, lo vamos a querer linchar. Por suerte, ese día parece cuando menos lejano. Spregelburd está loco (como Porchia) y hacemos votos porque siga estándolo muchos años más. Y porque no lo enchalequen.

La Paranoia es una obra formidable por donde se la mire. Dura tres horas de abigarrado relato, tiene 5 actores que se encargan de unos 30 personajes, se habla en chino, en ruso, en argentino y en venezolano. Pero lo que marca la diferencia es la tecnología: El Patrón Vázquez se animó a poner tecnología en escena y vaya si lo hizo.

Hay una pantalla sobre el fondo de la escena en la que se proyectan ciertos relatos más o menos paralelos al central (estas categorías son precarias, sin dudas), hay micrófonos en escena, hay cascos que transmiten directamente las ondas cerebrales a la pantalla, hay androides, hay cartas escritas sobre un material que parece celuloide... La tecnología, que -se supone- está para solucionarle la vida al hombre, permite en cambio una brutal complejización de la trama y de las relaciones escénicas. Y los procedimientos metalépticos, de los que ya hablé marginalmente en mi artículo sobre Nadar perrito, se multiplican hasta una interpelación directa y profética a los espectadores. La gente se ríe, más vale, ¿qué va a hacer? Porque pese a toda su densidad (o justamente por eso), la obra es muy, pero muy divertida. Hay que darle la derecha a Dubatti y repetir que Spregelburd le ha devuelto a la comedia el lugar que le correspondía en la escena nacional.

La Paranoia, además, es autosemejante como un fractal (otra figura que goza del favor de nuestro otrora entrevistado): la totalidad se parece a sus partes. Y, muy en particular, a una de sus partes: el sefaratón. Este es un aparato de factura alienígena que produce literatura de manera más o menos automática, en una enorme cantidad. Cada lectura que se haga de una de las partes, determinará las demás por unas relaciones estadísticas bastante nebulosas. La noción de totalidad se escapa inevitablemente, huye el sentido. Como en el sefaratón, en la obra pueden leerse una pluralidad de sentidos simultáneos, no excluyentes, parcialmente inaprensibles. Uno puede pensar en cierta reivindicación de género o todo lo contrario (ya trinarán las correctas señoras de Para Ti), en una jocosa crítica a las estructuras de pensamiento de los militares o la iglesia, en una reivindicación de los géneros (esa tambaleante categoría de la crítica artística)... se puede pensar también que la obra es un compendio de técnicas modernas de narración escénica, de narración cinematográfica, de narración literaria. O las tres a la vez. O ninguna: acaso pueda pensarse la obra como una extensa y compleja refutación.

En vez de la cómoda síntesis hegeliana, La Paranoia propone una dialéctica donde los términos se mantienen en tensión y el sentido acaba por escurrirse entre los pliegues del relato, al mismo tiempo que lo vuelve posible. El problema es que detrás del sentido vamos nosotros, los espectadores, chupados por esa deleitosa maquinaria pánica que nos arrastra al abismo de la representación.

Para darnos un poco de rizomática seguridad (¡caramba, que deleuziano me desperté hoy!), Spregelburd retoma viejos temas. Se cita, o nos da a entender eso: hay un viaje, como en todas las obras de la serie; una gota por ahí nos trae a aquella que le inspiró a Vázquez su famoso patrón; aparecen las Barbies con las que Silvita (la misma Andrea Garrote) jugara en Remanente de invierno; Hagen nos recuerda al un poco infeliz Donnie de La Estupidez y John Jairo Lázaro a Wilcox. Etcétera.

Voy a ir cerrando porque no quiero adelantar nada que moleste a la hora de ver la obra. Si usted, estimado lector, ha llegado hasta acá, no le queda otra que ir a verla. Le enumero las razones: 1) La Paranoia es mucho (muuuuuuuuuuuucho) mejor que esta reseña, así que si pudo bancarse esto, a lo otro lo va a disfrutar como loco. 2) La entrada sale módicos $20 y $7 para estudiantes. El que haya intentado ver algo en el circuito comercial sabrá apreciar estos precios para una producción carísima como la que nos ocupa. 3) El teatro 25 de Mayo es muy bonito y muy nuevo: vale la pena conocerlo. 4) En la tele, los sábados y los domingos a esa hora uno puede ver a Chiche Gelblung entrevistando a un potus o al nuevo método Sprayette Neumatic Hair Free, de depilación indolora por martillo neumático... ¡Déjese de joder, señor/a, haga algo que pueda contarle a sus nietos! Vaya a ver La Paranoia. Reserve sus entradas antes de que se agoten... ¡¡¡LLAME YA!!!










El Patrón Vázquez presenta:

LA PARANOIA
de Rafael Spregelburd





Estreno: 26 de abril de 2008 a las 20:00
Complejo Cultural Teatro-Cine 25 de Mayo / Av. Triunvirato 4444
Sábados 20:00 / Domingos 19:00
Localidades: $20 / Duración: 3 horas / Con un intervalo



“Las inteligencias mantienen el equilibrio del cosmos. Es un enorme esfuerzo, el de las inteligencias. El cosmos es vasto y lleno de inexactitudes. ¿Y qué aporta nuestra pobre Tierra a todo esto? Muy poco. Nuestra visión de lo lejano es magra, nuestro encéfalo carece de las coordenadas de infinito. Pero hay algo que las inteligencias no pueden obtener en ningún otro planeta: ficción. Somos la única especie capaz de imaginar lo que no ocurre. Ellas se alimentan de la ficción, y este lujo ha garantizado la paz del cosmos. Pero ahora se está acabando. No quieren más de aquello que ya conocen. La paz peligra.
Un grupo de elite, armado a los apurones en Piriápolis, está destinado a cambiar el destino de la humanidad.
No estamos preparados para lo que ha existido desde siempre.”








Con: Andrea Garrote, Mónica Raiola, Pablo Seijo, Rafael Spregelburd y Alberto Suárez
Música original de Nicolás Varchausky, Pablo Chimenti y Hernán Kerlleñevich
Dirección audiovisual: Daniela Goggi, Agustín Mendilaharzu, Juan Schnitman, Ignacio Masllorens
Edición: Sebastián Toro, Alejo Varisto
Vestuario: Julieta Álvarez
Asistente de vestuario: Catalina Willimburgh
Fotografía: José María Pigu Gómez
Asistente de dirección: Francesc Jiménez Llinás
Colaboración artística: Héctor Díaz
Dirección: Rafael Spregelburd

Una coproducción del Centro Cultural 25 de Mayo, el Festival Internacional de Buenos Aires, el canal Ciudad Abierta y El Patrón Vázquez


Un trabajo comisionado por la Akademie Schloß Solitude de Stuttgart


Premio Casa de las Américas de Cuba 2007

22 abril 2008

Por el éter

El lunes, los chicos de Esperando a Godot nos invitaron al programa que hacen en la FM de la UBA (Lunes 19 a 20 hs, en FM 90.5). La pasamos muy bien y queremos agradecerles públicamente.

Los que quieran escuchar el programa pueden bajarse un audio precario (grabado con un MP4 de aire) y comprimido con WinRAR de acá

30 diciembre 2007

Filigranas

El miércoles 26 se presentó Objetos maravillosos de Juan Diego Incardona, tal como lo habíamos anunciado. Fue en un centro cultural lindo y chiquito, que queda en una calle de una sola cuadra y donde sirven la cerveza en tarros de mermelada. Ciento cincuenta monos a pleno estuvo allí.

Hablaron Mairal y Llach. Lo del primero estuvo divertido. Llach, en cambio, fue un poco machacón con el tema del peronismo. La poética peronista, diría mi buen amigo Diego Vecino. Hizo comparaciones un tanto forzadas o directamente zopencas: que el General escuchaba “música maravillosa” (citando mal a Perón) en la música común y que Juan Diego hacía objetos maravillosos usando materiales comunes; que Perón se llamaba Juan Domingo e Incardona, Juan Diego. En fin…

Pero con tanto peronismo, con tanto hinchar las pelotas con la filiación partidaria del autor, me convencí de que tenía entre manos la versión posmoderna de La razón de mi vida, cosa incómoda de sostener para un trotsko como el que suscribe. Así que, como quien entra a un recital de Hermética con la remera de Miranda!, abrí el libro dispuesto a recibir una andanada justicialista digna del más orondo 17 de octubre…

Pero no.

Lo que hay en Objetos maravillosos no es peronismo, sino menemismo. Bueno, no frunzan las narices. No me refiero al menemismo de la pizza con champán, de las naves que se remontan a la estratósfera, de la Argentina en el primer mundo. Más bien todo lo contrario. En este libro, al menemismo no se lo dice pero está ahí, agobiante, funesto, desprendiendo pedazos del país y dejando sin laburo a un pibe que sale de la secundaria. De una secundaria técnica un país sin industrias. El menemismo es una presencia gravitante y gravosa que sólo acepta como recurso a la elipsis. Porque, sin irnos a los extremos de Adorno, de todos modos flota la pregunta: ¿Cómo se escribe literatura acerca de (o en) un tiempo en el que la realidad fue el anclaje para un ejercicio de ficción extremadamente poderoso, pletórico de barroquismo, mediático, teatral y omnipresente? Ya Bartís se hizo esta pregunta en relación al fenómeno teatral y se contestó con la formidable Postales Argentinas. Ahora, Incardona responde con un realismo autobiográfico que devela la cara oculta de la unending partusa menemista. Tras las bambalinas del poder (robo a mano armada un título de Caraballo) están los maquinistas de la miseria o de la marginalidad. Incardona fue, entre muchas otras cosas, uno de ellos.

El caso es que Juan Diego, con una prosa simple, tierna y por momentos infantil (en el mejor sentido), nos pega una serie de rotundas patadas en los huevos. Porque todos los que salimos de una casa barrial de clase media podemos reconocernos en ese diario heterogéneo, que nos alcanza como una serie de incómodos déjà vu (unpleasant memories, que les dicen): yo también egresé de una técnica, entré a la UNLP a estudiar Ingeniería Electrónica, tuve mi peluquero de toda la vida al que abandoné cuando mi cabeza decidió desprenderse por sí misma del pelo, cursé cinco Análisis Matemáticos, largué la carrera por la mitad y le cagué a mis viejos el sueño del inyenieri en casa; también veraneé en Reta y demás. Pero frente a mis pavotas costumbres pueblerinas, en Incardona hay un punto de inflexión: inopinadamente se transforma, de un momento a otro, en un aventurero. Se saca de encima a Villa Celina y la convierte en un territorio mítico, le da el olivo a Borges y a la cargosa costumbre de la erudición enciclopédica y los cuentos crípticos, abandona al tornero y de ese despojarse sale un artista: el creador de los Objetos Maravillosos que vaga por el sur del país, para luego fundar El Interpretador.

En este libro supuestamente peronista aparecen Viñas como intelectual faro y el hippismo como modus vivendi. Trotsko feliz, cierro el libro y pienso: “Carajo, este pibe pude haber sido yo”. Pero ahí se me acaba la contentura. Incardona ya no es ninguna de las cosas que cuenta: a ese pasado lo ha retorcido, lo ha pintado con fundente, lo ha soldado y lo ha sumergido en ácido nítrico al 20%. Ahora, nos lo presenta convertido en un objeto maravilloso. Yo, inútil de mí, apenas me animo a estos comentarios.
Aunque… ¿Quieren leer una reseña maravillosa?

29 diciembre 2007

Erratas

Como siempre, después de cada número que uno cree sacar perfecto, aparecen errores estúpidos y tan visibles como una ballena en un tarro de mayonesa. Pero es preciso que la revista llegue a los lectores para que uno se dé cuenta de que la pifió en una u otra cosa.

El caso es que este número 2 salió con un par de detalles que creemos conveniente hacer notar y por los que pedimos disculpas. De todos modos, actualizaremos el archivo, para que se puedan descargar una versión lo más correcta posible de la revista.

Hacemos, entonces, nuestra fe de erratas:

- En la página 12, donde se lee "Imagino que hay gente supone que nosotros no necesitamos el dinero", debería leerse "Imagino que hay gente que supone que nosotros no necesitamos el dinero"

- En la misma página, a la bella y talentosa Leonora Balcarce la nombramos Emilia, inexplicablemente, en el pie de una foto. Nuestras disculpas a ella.


Agradeceremos que nos avisen de cualquier otro error que encuentren.

20 diciembre 2007

objetos maravillosos




el próximo miércoles veintiseis de diciembre a las veinte treinta, en el centro cultural pachamama (argañaraz 22, villa crespo), juan diego incardona, el gran interpretador, lanza al mundo su libro objetos maravillosos.
presentarán santiago llach y pedro mairal.

los monos estarán presentes.

17 diciembre 2007

número dos: diciembre de dos mil siete


muchos se preguntan qué significa la nueva publicidad de la compañía de telefonía que ofrece el servicio de videollamada.

pocos, unos elegidos, han comprendido que detrás de toda la parafernalia masiva se oculta una simple, simplísima, verdad: la doña no se ufana de la potencia sexual de su decrépita pareja. en realidad, anuncia la llegada del tan esperado número dos de ciento cincuenta monos.

y hela aquí, con sus páginas blanquitas y su índice plagado de luminarias.


Índice

Editorial

Kimono (Poesía)

Dos poemas de Zoología del conejo, Cecilia Romana

Dos poemas de Laika, Diego Carballar

Seis poemas, Luciana Romano

Kin Kón (Entrevista a un Gran Mono)

Charla con Rafael Spregelburd

Mono con navaja (Disección crítica: Literatura)

Versos sobre uno, Silvio Mattoni

Maten a Borges, Diego Vecino

Monoambiente (Relatos de una sola pieza)

Adentro y afuera, Gustavo Nielsen

La habitación de las arañas, Marcelo Svartman

Ese Gitano, Juan Cruz De Sabato

Monólogo (Teatro para leer, porque otra no queda)

Viviendo a costillas del poeta II, Gastón Mazieres

Mono con navaja (Disección crítica: Teatro)

“El niño argentino”…, Jorge Dubatti

Poemínidos (Contribuciones fósiles…)

Juan Arzadun, Santiago Sánchez Santarelli

La del mono (Columna chancha)

Las chicas de letras se masturban así XIX, Elsa Kalish

La banana mecánica (Crítica de cine)

Metamorfosis crítica II, Marcos Vieytes

Última página (Muchas monerías)



pueden bajarla aquí: ¡DESCARGAME!

o cliquear a su derecha, en la sección Números

o pedirla a 150monos@gmail.com

que la disfruten!!

15 noviembre 2007

150monos recomienda...

Las Locas

de Santiago Sánchez Santarelli











La obra comienza in medias res: sentadas en un espacio ascético nos encontramos a dos mujeres indiferenciadas que posiblemente han estado actuando desde mucho tiempo antes de que las empecemos a ver. No podemos asegurar a priori que lo que vemos sea la pieza de una institución psiquiátrica. Tampoco que sea un decorado de teatro. Ellas no parecen poder distinguir entre una situación y la otra.

23 octubre 2007

Los monos en la FLIA (parte 2)

fuimos, vimos y vendimos. 23 ejemplares ya pasean por la ciudad en manos de felices compradores que disfrutan de las brevísimas líneas impresas. gracias por venir.

y ya se largó la carrera hacia el número 2. se vienen, entre otros, dubatti, nielsen, svartman, de sabato, romana, romano, carballar y más, más, más.

18 octubre 2007

Los monos a la FLIA

Éste sábado 20 de octubre, desde las 12 y hasta las 22, los monitos van a estar apostados en la FLIA, la Feria del Libro Independiente y Alternativa.

Allí, vamos a llevar una versión abreviadísima, limitada e... impresa! de la revista.

He aquí la tapita:





La cita es, entonces, éste sábado en la Facultad de Filosofía y Letras, en Puán 480.

Los esperamos.

17 octubre 2007

Fe de monos

En mi artículo sobre Nadar Perrito hice una asignación doblemente falsa: le encajé a Genette una cosa que no dijo y, por si eso no fuese poco, lo puse a Woody Allen en un papel que no interpretó.

La cosa es así. En la nota al pie Nº5 (página 22 de la revista) escribía que "Genette indica varios ejemplos, entre ellos la secuencia de La Rosa Púrpura de El Cairo (1985), en la que Woody Allen sale de la pantalla de un cine, toma a una espectadora (Mia Farrow) y se la lleva consigo de vuelta a la película de la que salió". Bueno, resulta que don Gerard jamás dice cosa semejante (apenas indica que "un personaje" realiza esa acción). Además, el actor que se encarga de hacerlo es Jeff Daniels y no Allen.

Asi que vaya una doble disculpa a los lectores. Noblesse oblige