26 julio 2008

Los estantes vacíos: una lectura, una experiencia

Esta es la historia de una lectura y de una experiencia. De una vivencia de lectura. Entiéndase: no es una reseña. Sólo apuntes de unas cuantas horas vividas con un libro. Como reza el título, se trató en aquel enero de este año de Los estantes vacíos, de Ignacio Molina.

Quizás deba aclarar que conocí a Ignacio en la cresta de la ola de los blogs, hace unos cuantos años y que ya en aquella oportunidad leí unos cuantos de sus relatos. Quizás también deba añadir que me gustaron. Y mucho. Percibí, en aquel momento, agradables resabios de Carver, de Sallinger: historias –aparentemente – simples, bien contadas, con las dosis justas de información, sin derroche de recursos. Por eso cuando comencé a leer Los estantes vacíos sabía que iba a disfrutar del libro. Lo que no sabía era que lo iba a vivir. Me explico.

Yo había iniciado la lectura con dos ideas: la primera era mi experiencia anterior, ya mencionada; la segunda, una crítica mala sobre el libro, en los dos sentidos posibles. Se trata de la “Ceca” de Ariel Bustos, publicada en el número 4 de la revista Los asesinos tímidos, en octubre de 2006. Con las manos llenas de teorías narrativas, Bustos acusa a Molina de minimalista y le reprocha que en sus cuentos no pase nada, que los personajes no se transformen, que en los finales nada se resuelva, que el lector no se conmueva… En resumen: que ningún cuento se parezca a Caperucita roja (ese sí que no defrauda, eh).

Así empecé a leer, buscando minimalismo en cada página, aunque de ningún modo considerara esa tendencia como negativa. Y lo encontré, claro. Cada uno de los quince cuentos son relatos depurados, breves, efectivos, que dejan de lado toda descripción redundante y van al centro de la acción. El lenguaje ascético genera el efecto de borramiento del narrador, por lo que el lector tiene la sensación de ser testigo privilegiado de un fragmento de las vidas de esos personajes que transitan las páginas con una presencia leve, inquietante la mayoría de las veces, misteriosa, pero absolutamente banal. Misteriosa porque es apenas una rendija la que nos abre el narrador. Banal porque es cotidiana, simple.

Pero lo más interesante surgió luego de unas horas de lectura. Y aquí viene la experiencia: comencé a pensar/actuar como el narrador/los personajes. Pensaba lo que quería hacer y lo hacía. Ahora voy a hacer pis y después voy a tomar algo fresco. Ahora entro al baño y al prender la luz noto que no hay, se cortó. Mientras cierro la puerta, el cuartito de baño va quedando totalmente a oscuras. De pronto descubrí que el tono del narrador me había penetrado, se había apoderado de mi modo de pensar. Y entonces ocurrió lo más interesante de todo: comencé a vivir un presente absoluto. “Pensar y hacer eran una sola acción”, cito de memoria. Me instalé en el momento y no pensaba en otra cosa, no proyectaba, no fantaseaba, no planeaba.


Esa experiencia de lectura metida en mi experiencia vital me llevó a pensar en la construcción de los textos, a delinear una muy breve (y posiblemente absurda o equivocada) teoría sobre los cuentos. Pruebo: esa construcción minimalista, aparentemente vacía, llana, simple, esos relatos de la nada, de momentos, son, en realidad, construcciones constantes de un presente. Son sumas de presentes. Pero no en el sentido realista, no con un afán verista, sino como pantallazos de vidas ajenas, momentos, experiencias, sensaciones.

Hay una palabra (no sé si existe) que condensa esta idea: presentificación. La búsqueda de hacer presente la experiencia pasada, vivida por los personajes. Porque por más que los cuentos no están narrados en presente, se construye una sensación constante de un aquí y ahora. Eso se produce, entre otras cosas, porque los personajes no evalúan sus experiencias, apenas buscan relaciones entre las cosas que ven y pasan a otra cosa. Esta escritura deja al lector en el lugar de un voyeur que sólo puede observar lo que ocurre, pero no interpretarlo. La falta de razones, de explicaciones, de motivaciones nos deja en la mismísima nada, la incertidumbre total.

Como lectora, no me asustan los relatos en los que nada pase, en los que no haya motivaciones, en los que nada cierre. Me resisto a pedirle a los libros lo que no tienen y me contento con saber que, si algo me gusta, hace que valga la pena leerlo, experimentarlo y, si fuera necesario (y aunque nadie pero nadie me lo pida), defenderlo.

Carolina

1 comentario:

Cecilia Fernández Costa dijo...

Escribo desde Montevideo. Recién me entero de la existencia de Ignacio Molina. No leí nada de él aún, pero llegué a este blog por intermedio de uno de él. Me sedujeron los títulos de sus libros. Me gustó mucho tu lectura de "Los estantes vacíos", libro que ahora quiero leer!!!! Gracias y un beso desde la otra orilla